Pérdidas, duelo y dolor, el proceso de una transformación.

Pérdidas, duelo y dolor, el proceso de una transformación.

El ser humano pasa por diferentes experiencias a lo largo de la vida, sin embargo, a pesar de los años y los avances tecnológicos todavía no existe algo que ayude a evitar atravesar por el dolor cuando perdemos a un ser querido, llevándonos eso a una pregunta ¿deberíamos ser capaces de vivir una pérdida sin dolor?

En cuanto nuestra consciencia tiene conocimiento de que uno de nuestros seres queridos es diagnosticado con poco tiempo de vida, empezamos a vivir un proceso al que los psicólogos llamamos “duelo”, el cual consiste en 5 etapas que nos permiten asimilar todo lo que conlleva perder a alguien que amamos y fue parte de nuestras vidas.

La negación es el primer mecanismo de defensa que emerge, intentando proteger a nuestro cerebro para algo que todavía no se siente listo para aceptar y afrontar, por lo cual es muy común que en estos primeros momentos lleguemos a pensar “esto no está ocurriendo”, que sintamos como si estuviéramos teniendo solamente un mal sueño. Sin embargo, cada persona tiene más o menos recursos que otros para en cuestión de poco tiempo poder aceptar como parte de su realidad que la persona va a morir o ya murió. Cuando algo dentro de nosotros está listo para adaptarse a los cambios, pasamos a la siguiente etapa.

Shock emocional, esta etapa como un torbellino de emociones revueltas, con tristeza, enojo, soledad, culpa y, dependiendo de cada persona y del momento, estas emociones pueden ir emergiendo una por una, a veces en pares, otras ocasiones todas al mismo tiempo, de forma que se vuelve una etapa sumamente inestable en la cual la persona tiene poca capacidad de tomar las riendas de su vida fácilmente. Y como nuestra naturaleza humana espontáneamente nos lleva a tratar de dar consuelo y ánimo a las personas que percibimos tristes o pasando por una situación difícil, lo natural sería que la persona que está sintiéndose devastada por su pérdida llore constantemente y se deprima o exprese de formas diferentes su enojo y lo natural también será que las personas a su alrededor traten de hacer que se contenga y piense en positivo, pedirle de forma irracional que no llore lo cual no es malo, sin embargo, es completamente inapropiado en este momento ya que las emociones tienen cabida en nosotros por alguna razón, tienen una función y si aparecen es porque nos traen un mensaje importante que va a enseñarnos algo sobre la vida y solo podremos tener acceso a ese regalo lleno de aprendizajes si nos damos permiso de hacer contacto con lo que estamos sintiendo.

Una vez que hemos podido darnos el tiempo para digerir de forma saludable estas emociones, tomar lo útil y ver lo positivo, empieza a abrirse camino la esperanza, la fe y la resiliencia, habilidades que van construyendo dentro de nosotros nuevas opciones y pueden hacer pensar que tal vez si hiciéramos algo pudiéramos evitar lo sucedido, por ejemplo: en cuanto una persona es diagnosticada con cáncer, su familia o ella misma podría hacer en la etapa de negociación un trato con Dios a cambio de curarse, o una persona que terminó con su pareja puede tener la esperanza de que tal vez si él cambia sus defectos, si van a terapia, podrían evitar la separación, sin embargo, en muchas ocasiones las buenas intenciones no son suficiente para hacerlas realidad. Una vez que la negociación se concreta, se detiene el proceso de duelo en ese camino o en caso contrario la lleva al siguiente estadio, poder aceptar que su pérdida es inevitable y no hay vuelta atrás.

Aceptación, cuando las personas están listas para aceptar la pérdida dejan de hacer esfuerzo para  retener algo que ya se dieron cuenta que es inevitable que ocurra. A mí me gusta explicarle a los consultantes que es como si un nuevo programa se hubiera estado descargando en nuestro cerebro y en este punto ya terminó su instalación, dejamos de poner resistencia, es una etapa donde hay más calma, menos llanto, podemos hablar del evento con menos dolor e incluso empezamos a hablar cada vez menos de él, sin embargo no quiere decir que ya estamos listos para asumir nuestra vida con esta nueva realidad, necesitamos tiempo para que nuestras emociones también puedan reacomodarse y poder empezar a hacer cambios importantes en nuestra conducta.

Es entonces cuando pasamos a la resignación, mientras en la aceptación estamos más tranquilos pero todavía no nos apetece hacer nuevas cosas como visitar lugares diferentes o dejar hábitos aunados a esa persona o incluso hacer cosas que hacíamos con ella, pero sin sentir dolor.

En este momento es cuando el tiempo nos permite pasamos a la resignación, mientras en la aceptación estamos más tranquilos pero todavía no nos apetece hacer cosas nuevas, visitar lugares nuevos o dejar hábitos aunados a esa persona, la resignación es ese punto del camino que nos permite que no sólo nuestra mente, sino nuestro corazón y nuestra alma, estén listos para despedirnos y ver un futuro más alentador, sabiendo que la vida de nosotros no se acaba y que somos lo suficientemente fuertes para sobreponernos a ese dolor, aunque al principio sintamos que jamás se irá de nuestras vidas y no volveríamos a reír y a disfrutar nada. Sin embargo, si algo nos enseñan las pérdidas entre muchas otras cosas es que nada le da más sentido a estar vivo, que poder volver a tener la capacidad de amar, de sentir felicidad otra vez y eso no significa olvidar a la persona, ni dejar de quererla, sino más bien honrar lo que vivimos con esa persona en vida y saber que preferimos haber compartido parte de nuestra vida con ella, que una vida sin haberla conocido y para ello es necesario correr el riesgo de amar, de vivir y que nos toque en algún momento despedirnos físicamente y dejar que su pérdida nos transforme y nos haga aprender lo valioso que es estar vivo y vivir cada momento como si fuera el último que tuviéramos, sin guardarnos nada para después, como si la vida fuera eterna.

Yo no sé en qué momento se encuentre cada uno de ustedes que como lectores, seguramente hayan tenido algún tipo de pérdida, sin embargo el tiempo siempre ayuda y nunca está de más asesorarse con un psicólogo que pueda acompañarles en su proceso y ayudarles a procesarlo con el menos dolor posible. A mí en lo personal me gusta explicar que afortunada o desgraciadamente este camino no es lineal, sino más bien en espiral, de forma que puede haber recaídas que parezcan que retrocedimos o que no estamos avanzando, pero el cerebro y el alma tienen sus propios tiempos y regresarán a las etapas que se hayan quedado con algo inconcluso la veces que lo considere necesario, hasta que el ciclo se haya completado saludablemente, por lo cual nunca está de más que alguien les lleve de la mano y les prevenga de situaciones que podrían afrontar con más recursos y herramientas, con el dolor mínimo indispensable saludable y salir lo mejor librado de ellas.

Por último, me gustaría decirles que lo mejor que podemos hacer por los que ya no están, es seguir viviendo.

Psic. Rhona Fabiola Flores

 

 

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