VERANO: TIEMPO DE CALOR Y CALORÍAS

VERANO: TIEMPO DE CALOR Y CALORÍAS

  • En teoría, durante el verano deberíamos de consumir la mitad de las calorías que consumimos durante el invierno.
  • Una persona con poca o nula actividad física que consuma 2 latas del refresco más popular, por día, por 1 mes, habrá aumentado 1 kilogramo (kg) de peso de grasa por cada 30 días de “vacaciones”.
  • Cualquier bebida que se aleje del agua natural o mineral, contiene calorías, no contribuye a saciar tu hambre ni tu sed, va directo a tus reservas de grasa y es responsable de la mitad de los casos de obesidad en nuestro país

Si de todas mis palabras puedes recordar “huye de las calorías líquidas”, la mitad de mi responsabilidad como promotor de la salud estará garantizada por el resto de tu vida y la otra mitad dependerá enteramente de tu voluntad de rebelarte a la costumbre y la mercadotecnia.

Ha llegado el verano, es fin de semana y son las dos de la tarde. La comida está en el asador y la familia está lista para sentarse a la mesa. “Hace mucho calor” y las protagonistas silenciosas no son otras sino las calorías líquidas, disfrazadas de refrescos de todos los colores, alcoholes de todos los sabores y peor aún, bebidas preparadas con la mezcla de todo lo anterior.

Un gramo (gr) de azúcar aporta 4 calorías (kcal). Una lata de 355 mililitros (ml) del refresco más popular (“la coca”) aporta 150 calorías. Un gramo de grasa aporta 9 calorías. Esto quiere decir que una lata del refresco más popular, en una persona con poca o nula actividad física, puede almacenarse como poco menos de 17 gramos de grasa. Visto desde otra perspectiva, una persona con poca o nula actividad física que consuma 2 latas del refresco más popular, por día, por 1 mes, habrá aumentado 1 kilogramo (kg) de peso de grasa por cada 30 días de “vacaciones”.

No importa lo que la mercadotecnia quiera hacernos creer, las vacaciones no son un espacio mágico en el tiempo en que las calorías tengan menos valor o se depositen con mayor dificultad en nuestros tejidos. Peor aún, las vacaciones de verano son el peor momento para consumir calorías.

Una “caloría” se define como “la cantidad de energía necesaria para elevar 1 grado Centígrado la temperatura de 1 mililitro de agua”. El 60 % de nuestro cuerpo es agua. La temperatura corporal promedio oscila entre los 36 y los 38 grados Centígrados, manteniéndose más o menos constante gracias a la aceleración o la ralentización del consumo (“la quema”) de las calorías disponibles como azúcar, grasa o proteína circulantes en la sangre, en primer lugar; glucógeno depositado en el hígado y los músculos, en segundo lugar; ácidos grasos reservados en el tejido adiposo (“la grasa”), en tercer lugar; proteínas que constituyen a todos nuestros órganos, en último lugar.

Si durante enero y febrero, con temperaturas diarias promedio de 10 Centígrados, el organismo tiene que mantener la temperatura corporal con 16 grados de diferencia, fomentando el aprovechamiento de las calorías consumidas como primera línea de acción y las calorías reservadas como segunda línea de acción, durante julio y agosto, con temperaturas diarias promedio de 30 Centígrados, la función se vuelve más sencilla y cualquier caloría ingerida más allá de las necesidades básicas de regulación, puede y seguramente va a convertirse en un bloque más del tejido que compone a nuestra grasa.

En teoría, durante en verano deberíamos de consumir la mitad de las calorías que consumimos durante el invierno. Pero seamos realistas, ¿qué sería del verano sin los jugos, los refrescos, los raspados, las nieves, los helados, las bebidas preparadas, la cerveza y el vino blanco?

Si nos enfocamos en el alcohol, el verano se vuelve más preocupante. Para fines prácticos, un gramo es igual a un mililitro. Mientras que 1 gramo de azúcar aporta 4 calorías, 1 gramo de alcohol etílico (etanol) aporta 7 calorías (sólo 2 calorías menos que 1 gramo de grasa), lo que quiere decir que es peor beber 100 mililitros de alcohol que 100 mililitros de azúcar y sólo un poco “menos peor” que beber 100 mililitros de grasa.

Y si ustedes creen que es imposible “beber” azúcar o grasa, sólo acuérdense de la consistencia de las malteadas y la mantequilla derretida de Puerto Nuevo, que para nada contribuyen a saciar el hambre, y por el contrario, aumentan la osmolaridad (“el espesor”) de la sangre, provocan más sed que la que quitan y aumentan el riesgo de padecer un evento cardiovascular como un infarto.

¿Y qué pasa si mezclamos un poco de varios elementos? ¿A quién no le gustan las “piñas coladas”? En general, una bebida preparada contiene 50 mililitros de alcohol de 40 grados, es decir, 140 calorías tan sólo de contenido etílico. A eso podemos sumarle las 80 calorías del refresco o el concentrado o el jugo natural con que se “rebaja”, obteniendo un promedio de 220 calorías por cada 200 mililitros de bebida preparada (“un vaso”, “un trago”), que se depositarán como poco más de 24 gramos de grasa.

“Una vez al año, no hace daño”, pero seamos realistas, ¿quién consume una sola bebida azucarada, alcohólica o preparada durante todo el verano? No es prudente generalizar, pero la gente que “sale de vacaciones” tiende a consumir este tipo de bebidas todos los días de su viaje, su descanso, su esparcimiento o por lo menos su fin de semana, aunque sea bajo la forma de una inofensiva cerveza.

Hablando de cervezas, el acompañamiento de las carnes asadas y las comidas mexicanas por tradición, hay que tomar conciencia de que cada 355 mililitros de cerveza (“una lata”, “una botella”), tiene en promedio 5 grados de alcohol y por lo tanto, 125 calorías. Conste que ni siquiera estamos tocando el tema sensible de las calorías ingeridas a través de carnes, embutidos, tortillas de maíz, tortillas de harina, guacamoles, quesos o las famosas “papitas”, que suelen adornar cualquier mesa familiar antes del banquete.

Como suelen decirme varios de mis conocidos, “y entonces, ¿qué puedo tomar?”. La respuesta es sencilla de entender, pero difícil de ejecutar: “Lo que se te antoje, pero huye de las calorías líquidas”. De ser posible, “agua natural o mineral”. Si no te gusta ninguna de las dos, intenta utilizarlas para “rebajar” tu bebida de elección. Si prefieres “agua fresca”, intenta no azucararla. Si eres adicto al refresco, dilúyelo con mucho hielo. Si decides beber alcohol, no le agregues concentrados ni saborizantes artificiales y prefiere una cerveza por encima del vino y el vino por encima de los licores de alto grado de destilación. Si tienes hambre, come; no intentes “calmarla” con bebidas. Si tienes sed, recuerda que cualquier bebida que contenga azúcar, alcohol o grasa, aumenta la osmolaridad (“el espesor”) de la sangre, dispara una señal de deshidratación y provoca más sed, así que resuélvela con agua natural o mineral.

Sería inocente de mi parte recomendarte ignorar la mercadotecnia audiovisual y organoléptica alrededor de las bebidas azucaras o la costumbre de la abuela de poner la botella de refresco de 2 litros (L) (últimamente de 3) sobre la mesa antes de cualquier comida. Lo que sí puedo recomendarte es que uses la lógica antes de llevarte un líquido a la boca y pienses que cualquier bebida que se aleje del agua natural o mineral, contiene calorías, no contribuye a saciar tu hambre ni tu sed, va directo a tus reservas de grasa y es responsable de la mitad de los casos de obesidad en nuestro país.

Las bebidas azucaradas, lo que empezó en la primera mitad del siglo pasado como una estrategia para llenar de energía barata a la clase trabajadora de todo el mundo, se han convertido en la causa principal de una pandemia de sobrepeso y obesidad que amenaza con convertirnos a todos en víctimas de enfermedades metabólicas y complicaciones cardiovasculares en edades productivas y reproductivas.

Aunque suene dramático, aunque suene lógico, aunque suene simple, la prevención de enfermedades como la obesidad, la diabetes, la hipertensión, la gota, la degeneración articular, la degeneración orgánica, algunas enfermedades autoinmunes y hasta el cáncer, se encuentra al alcance de un pequeño consejo: “huye de las calorías líquidas”.

 

Dr. Octavio Villalobos

 

El Dr. Octavio Villalobos es Médico y Maestro en Ciencias de la Salud con énfasis en Salud Comunitaria por la Universidad Autónoma de Baja California. Diplomado en Diabetes por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores Monterrey. Autor de los libros de Ciencias de la Salud “Bioquímica: Manual de Supervivencia” y “Fisiología: Manual de Supervivencia”. Presidente de la Fundación Dr. Octavio Villalobos Pro Universitarios. Ganador del Premio Estatal de la Juventud Baja California 2013.

1 thought on “VERANO: TIEMPO DE CALOR Y CALORÍAS

  • Magnífica información ,ya que nunca imaginé de que manera ,contribuimos a perjudicar nuestra salud ,muchas gracias por compartir algo tan importante ,y prometo tomarlo en cuenta antes de tomar el clásico refresco de cola , que es tan adictivo ..

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