EL ESTRÉS

EL ESTRÉS

NO TE DAÑA, SI NO QUIERES

Desde finales de la década de los 70’s se generalizaron de parte de las instituciones de salud las recomendaciones para cuidarnos de los efectos del estrés, porque se consideró que sus repercusiones en la salud podrían ir de leves a verdaderamente graves, tanto como para poner en riesgo la vida misma. No obstante, recientes hallazgos científicos nos dicen que hay una forma de protegernos de los estilos de vida moderna, peligrosamente estresante.

El estrés se ha definido teóricamente como “una situación en la que demandas del medio ambiente, demandas internas o ambas, cobran o exceden los recursos de adaptación de un individuo, un sistema social o un tejido social”(Monat.,Lazarus., 1991). “Es el estado físico y mental producto de una reacción no específica ante ciertos factores de agresión. Éstos pueden ser externos como ruido, exceso de calor o frío, etc. internos como dolor intenso o duradero, hambre, cansancio, sed, necesidad sexual, etc. y mentales o sociales como “miedo, exceso de trabajo, tráfico urbano, etc.”(VOX Medicina., 2008). Periodos prolongados de estrés pueden afectar seriamente la salud tanto psicológica como física de las personas y aumentar el riesgo de una muerte prematura.

La Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en ingles), define tres tipos de estrés: agudo, estrés agudo episódico y estrés crónico.

El estrés agudo es el más común. Resulta de la presión que siente una persona al racionalizar sus experiencias pasadas en situaciones similares y confrontarlas con sus expectativas en el futuro inmediato. Sus síntomas son: coraje o irritabilidad, ansiedad y depresión. Puede presentar problemas musculares, como dolores de cabeza tensión, dolor de espalda, dolor en la mandíbula y tensiones musculares que derivan en desgarro muscular y problemas en tendones y ligamentos. También puede provocar problemas estomacales e intestinales como acidez, flatulencia, diarrea, estreñimiento y síndrome de colon irritable. Sobreexcitación pasajera que deriva en elevación de la presión sanguínea, ritmo cardíaco acelerado, sudoración de las manos, palpitaciones, mareos, migrañas, manos o pies fríos, dificultad para respirar y dolor en el pecho.

El estrés agudo episódico es la presentación frecuente de estadios de estrés, se presenta en personas con vidas desordenadas en crisis permanente. “Siempre están apuradas, pero siempre llegan tarde”. Son individuos que asumen muchas responsabilidades, con gran cantidad de tareas están imposibilitados para organizar, ordenar las exigencias autoimpuestas. La APA define los rasgos de la personalidad del estresado agudamente como: demasiado agitado, de mal carácter, irritable, ansioso y tenso. Son individuos que se describen como con “mucha energía nerviosa”. Siempre apurados, cortantes y a veces su irritabilidad se transmite como hostilidad. Sus relaciones interpersonales se deterioran con rapidez cuando otros responden con hostilidad real. El trabajo se vuelve un lugar muy estresante para ellos. Los síntomas del estrés agudo episódico son: agitación prolongada, dolores de cabeza intensos y persistentes, migrañas, hipertensión, dolor en el pecho y enfermedad cardíaca.

Al estrés crónico la APA lo define como “el estrés agotador que desgasta a las personas día tras día, año tras año, destruye al cuerpo, la mente y la vida”. Es el estrés de la pobreza, las familias disfuncionales, de verse atrapados en un matrimonio infeliz o en un empleo o carrera que se detesta. Su aspecto más grave es que las personas se acostumbran a él, se olvidan que está allí. Las personas toman conciencia de inmediato del estrés agudo porque es nuevo, pero ignoran al estrés crónico porque es algo viejo, familiar y a veces hasta casi resulta cómodo. El estrés crónico mata a través del suicidio, la violencia, el ataque al corazón, la apoplejía e incluso el cáncer. Las personas se desgastan hasta llegar a una crisis nerviosa final y fatal.

Ya sea que atendamos la explicación médica o la definición psicológica de lo que es el estrés el hecho es que, en presencia continua o en intermitencia, puede significar un daño serio de nuestra salud. Y es que si consideramos que cada que se nos presenta una situación estresante lo primero que sucede es que nuestro sistema nervioso liberará hormonas suficientes para enfrentar o huir del evento o incluso del pensamiento que nos afecta y pone en peligro, según la percepción de nuestros sentidos presente o pasada, o si la situación es tal que, por ejemplo, permanentemente nuestro corazón esté recibiendo adrenalina para acelerar su paso y dilatar los vasos conductores sanguíneos, el riesgo de daño a nuestros sistemas es amplio, sobre todo con factores adicionales como deficiencias físicas, genéticas e inclusive la edad.

Recientemente los científicos se han ocupado de analizar con detenimiento los efectos del estrés y su impacto en la salud humana y la expectativa de vida: Keller, Litzelman y Wisk, (2013), de la Escuela de Medicina y Salud Pública en la Universidad de Wisconsin, USA, realizaron una investigación en la que estudiaron la relación entre el estrés real de las personas, la percepción del estrés que tenían y la salud y desenlace mortal derivado del estrés.

Durante ocho años siguieron la pista de 30 mil personas que habían reportado haber tenido un año estresante o muy estresante en su vida diaria y les preguntaron que si consideraban que ese estrés era dañino para su salud; analizando los fallecimientos en el periodo llegaron a sus conclusiones.

Las personas que manifestaron haber experimentado un alto estrés en el año anterior tuvieron 43% más riesgo de morir, pero solo si “creían que el estrés es dañino para su salud”. Las personas que manifestaron haber tenido un alto estrés en el año previo pero que no veían el estrés como dañino, tuvieron el riesgo más bajo de morir incluso que aquellos que habían manifestado haber tenido bajo y muy bajo estrés.

Los investigadores concluyeron que durante los ocho años de su estudio 182 mil personas murieron en los Estados Unidos de muerte prematura, no por estrés, sino por la percepción y creencia de que el estrés es malo y dañino para la salud.

Así que la próxima vez que sienta que su corazón empieza a latir más acelerado, que sus venas se contraen y su presión arterial aumenta porque está en una situación estresante o está pensando en una situación que lo estresa, haga conciencia de la situación y sepa que si usted no quiere, esa situación no lo dañará y aunque su corazón continúe bombeando aceleradamente, sus vasos sanguíneos no se dilatarán y estará por lo menos en una situación mucho más sana donde puede poner a todo su sistema nervioso simpático en una sana alerta, como una de alegría.

Mtro. Salvador Morales Riubí

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