EL EXPERIMENTO TUSKEGEE, EL LADO OBSCURO DE LA INVESTIGACIÓN MÉDICA

EL EXPERIMENTO TUSKEGEE, EL LADO OBSCURO DE LA INVESTIGACIÓN MÉDICA

Las enfermedades de transmisión sexual siempre son de alto impacto social, particularmente cuando afectan a personas famosas o clases sociales acomodadas o en países poderosos.

A principio del siglo XX, la sífilis era el azote más temido. No existía tratamiento ni se conocía mucho de su naturaleza. Los medios habituales de cultivo que se habían desarrollado a finales del siglo XIX, no funcionaban con el agente de la sífilis—de hecho todavía en el siglo XXI, el causante de esa enfermedad no se puede cultivar—no había mecanismos laboratoriales para su diagnóstico, ni tratamientos. De hecho, el peso de esta enfermedad impulsó muchos procedimientos que fueron la semilla para otras disciplinas que gracias a la necesidad de tratar el problema se fueron consolidando.

Los microbios se consideraban susceptibles de ser envenenados, puesto que eran seres vivos. Así se empezó a tratar con venenos conocidos como el cianuro, la cicuta y el arsénico. Lógicamente con más fracasos que aciertos. Por ello Paul Erhlich, propuso que los tratamientos debían ser lo más efectivos contra los gérmenes y lo menos tóxicos contra el ser humano. Ese postulado conocido como toxicidad selectiva es la base de la experimentación en farmacología. Y desde entonces la investigación de cualquier medicamento sigue este principio.

La presión social para encontrar un medicamento se dio hasta que se consideró que el medicamento 606 era el que más se acercaba a los principios establecidos. Ese fue el primer antimicrobiano aceptado, al que se conoció como 606 o Salvarsan. Este es uno de los arsenicales más importantes y cabe decir que aún se usan algunos para otras enfermedades. 

Otro campo que se desarrolló por este mal, fue la inmunología, es decir que las pruebas de diagnóstico para casi todas las enfermedades se iniciaron en la investigación de la sífilis. Las más importantes incluyen la que lleva por nombre VDRL que recibe este nombre por el laboratorio donde se realizó (Venereal Disease Research Laboratories). Esta prueba ha sido tan importante que durante décadas ha sido obligatoria como examen prenupcial, en virtud de que la sífilis es causa de muchas malformaciones congénitas. También gracias a la sífilis se tiene una prueba muy importante conocida como Fijación del Complemento que ha sido fundamental en el desarrollo de la inmunología.

Como quiera que sea, desde 1903 hasta el 32, no había más tratamiento para esta enfermedad que el salvarsán, que además tenía una efectividad muy deficiente. Tampoco se conocían muy bien todas las implicaciones a largo plazo de las complicaciones y para ello el dr, Taliaferro Clark sugirió que debería observarse a los pacientes en una evolución no tratada para poder determinar las fases y complicaciones. Taliaferro, apoyado por el dr. Eugene Dibble, director de un hospital para gente de color en Tuskegee Alabama, y con la enfermera Eunice Rivers, también de color, convencieron a 399 pacientes diagnosticados con sífilis para que se sometieran a un tratamiento, para un problema que le dieron el nombre de “mala sangre”, ocultando que era sífilis. Les daban despensas y otros beneficios mínimos que para ellos era una buena oportunidad de mejorar su vida. Se escogieron a 201 pacientes que no tenían sífilis para contrastar la información.

Aunque el experimento se prolongó hasta 1972, Taliaferro renunció al año al sentirse culpable de la gran injusticia que en nombre de la ciencia se estaba llevando a cabo. Entró a dirigir el proyecto Oliver Wenger quien, con todo el apoyo de los servicios sanitarios de salud pública de los Estados Unidos, continuó con los trabajos. Después entró el dr. John Heller, quien con toda la frialdad se hizo cargo del estudio. Ordenó que no se diera a conocer por ningún motivo información a las personas; incluso cuando en los años cuarenta surgió un tratamiento muy efectivo a base de la penicilna, Heller se negó a que los enfermos recibieran tratamiento. “Son sujetos de estudio, material clínico. No son pacientes, no son enfermos” dijo cuando se le cuestionó la ética del experimento.

En 1947 se llevó a cabo el juicio de Nuremberg, donde se cuestionaron las atrocidades cometidas por los nazis durante la guerra, incluyendo los experimentos llevados a cabo por Joseph Mengele, en judíos. Este proceso llevó a la creación del llamado Código de Nuremberg, que ponía a consideración que toda investigación en humanos debía contar con el consentimiento voluntario del individuo; el estudio tenía que aportar un beneficio social; estar justificado; debía evitar el sufrimiento biopsicosocial innecesario; evitar consecuencias tardías y discapacidad; evitar otros riesgos; el sujeto de estudio debía contar con protección; el estudio debía ser realizado por profesionales calificados; contar siempre con la posibilidad de abandonar el estudio, tanto por los investigadores, como por el paciente. Los EUA firmaron el código siendo sus principales promotores. A pesar de eso, el estudio Tuskegee siguió su marcha y sus conductores se negaron a acatar las disposiciones, con la venia del sistema de salud de los EUA.

En los años sesenta, cuando los EUA políticamente abrían sus puertas a los derechos civiles de la gente de color y que en Helsinki se publicaba en 1964 una carta de ética para la investigación en humanos, el estudio siguió, con la colaboración de la enfermera Rivers. El Dr. Peter Buxtun, investigador de enfermedades venéreas cuestionó el estudio, el Centro de Enfermedades (CDC) señaló que para que tuviera relevancia todo lo hecho hasta ese momento era necesario esperar a que los pacientes murieran para hacerles una autopsia.

También William Carter Jenkins, un estadístico del Departamento de Salud protestó sin éxito. Entonces Buxtun acudió a los medios de comunicación en 1972, apareciendo la nota en el Washington Star y en primera plana en el New York Times. Buxtun fue citado a comparecer ante el congreso. Este ordenó la inmediata terminación del estudio.

Para entonces, 174 personas del estudio habían muerto por la sífilis o por complicaciones relacionadas. Se sabe que 40 esposas se contagiaron y 19 niños nacieron con sífilis congénita. Por supuesto que no se conoce cuántas personas más fueron contagiadas.

El experimento Tuskegee fue considerado el episodio más oscuro de la ciencia norteamericana y el congreso emitió el acta nacional de investigación y creó la Comisión Nacional para la protección de sujetos humanos de la investigación biomédica y comportamental. Una de las tareas de esta comisión era preparar un documento rector de bioética de la investigación.

En 1978 se preparó el conocido como Informe Belmont, que establece tres grandes principios rectores de la investigación biomédica, que son:

Respeto a las personas: protegiendo la autonomía de todas las personas y tratándolas con cortesía, respeto y teniendo en cuenta el consentimiento informado.

Beneficencia: maximizar los beneficios para el proyecto de investigación, mientras se minimizan los riesgos para los sujetos de la investigación, y

Justicia: usar procedimientos razonables, no explotadores y bien considerados para asegurarse que se administran correctamente (en términos de costo-beneficio).

De manera casi simultánea se establecieron los mecanismos para proteger a los individuos de prácticas no éticas en la atención médica y se dio énfasis en el manejo adecuado, respetuoso y voluntario de los enfermos.

De todo el proceso se puede rescatar que el experimento orilló a la disposición de muchas ordenanzas que hoy son respetadas como eje fundamental de la investigación y la práctica médica. Hoy ya no se puede concebir un estudio que no respete la dignidad de la persona y anteponga su bienestar a cualquier objetivo de investigacion.

Dr. Héctor Rivera Valenzuela

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