A través de la historia del ser humano la violencia ha formado parte de nuestra vida, nos rodea y se podría decir que desde que nos convertimos en civilizaciones ésta ha sido nuestra mejor y más productiva herramienta de dominio; es verdad también que según nuestro desarrollo la violencia toma otras formas, pero no parece dejar de ser una influencia en nuestras sociedades, inclusive la misma vivencia de la violencia nos define muchas veces como individuo.

Este tema de la violencia ha sido para muchos estudiosos de la sociedad uno de los fenómenos más importantes en las últimas décadas, tal es el caso del psicólogo y pedagogo canadiense, Albert Bandura, (1973, ¨A Social Learning Analysis. Englewood Cliffs, New Jersey- Prentice Hall¨) quien sostiene la teoría sobre la violencia como un aprendizaje social; la mayoría de sus trabajos se enfocan en la agresión, no como manifestación patológica, sino como proyecciones de frustración.

Bandura, nos presenta que al individuo lo definen tres aspectos: el ambiente, el comportamiento y los procesos psicológicos de la persona; y siendo la familia el núcleo social, es ahí donde se desarrollan todas las habilidades y capacidades sociales de relacionarse, encabezando la lista el modelaje, es decir lo que observamos al crecer en nuestros padres, hermanos, tutores o quien represente una posición importante para nosotros.

Basados en esta teoría, que ha sido comprobada desde varias perspectivas científicas, se trabajan propuestas para los padres en las cuales se les orienta en estos modelajes y sobre todo en el propicio de situaciones que nos permitan el desarrollo familiar en un ambiente pacífico donde se reduzca la explosión a la violencia, si bien es verdad que no podemos controlar el entorno social, en la vida cotidiana, ni en los medios o en los demás individuos con los que conviven nuestros hijos, sí podemos manejar y dirigir las dinámicas al interior de nuestro hogar.

Una de las principales sugerencias es buscar siempre la mejor manera de comunicarse no sólo con nuestros hijos, sino entre las parejas, y en cada una de las relaciones interpersonales que nos rodean, manejar al máximo el respeto y recordar que todos percibimos y aprendemos de diferente manera, que como comúnmente se dice, cada cabeza es un mundo, no es necesario estar de acuerdo, lo importante es respetar las ideas de cada quien; siempre mantener en perspectiva que tratamos con seres que amamos y que nos aman, por lo que siempre dolerán más las palabras y los malos gestos. Si nosotros como padres tratamos de ser cuidadosos con esto, a pesar de nuestro estrés y de las preocupaciones cotidianas, tengamos por seguro que nuestros hijos aprenderán a vivir con bajos niveles de violencia, por lo que esa energía se podrá invertir en algo más productivo y sobre todo en tiempo de calidad.

Lic. en Pedagogía. Jessica Rivera Luna

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